NOTAS AL MARGEN
EN LA HABANA NUNCA HACE
FRÍO
Por Waldo González López
«Al notar que
hacía entrada el grupo de músicos, los muchachos y las chicas se volvieron como
locos, aplaudieron, gritaron, armaron un algarabía propia de la alegría y el
desenfado de una juventud ávida de aventuras distintas en medio de aquel
páramo».
Zoé Valdés,
capítulo VII, pp. 67-68.
UNO
Un valioso
testimonio de Regis Iglesias Ramírez ―quien, tras su destierro a España, vive
en Miami, donde es miembro y vocero del Movimiento Cristiano de Liberación―, no
solo le sirve de introito, sino también su poético final, como además da
título al capítulo inicial (Esa noche de las miradas brillantes) de la reciente
novela En La Habana nunca hace frío, de la escritora cubana Zoé Valdés
(La Habana, 1959).
Se trata de otra valiosa narración de la poeta,
guionista y periodista, tareas a las que se dedica desde 1995, cuando decidiera
su exilio parisino, donde resalta, desde entonces, su asiduo batallar contra el
totalitarismo castro-comunista que, tras 65 años, aun ahoga la Isla Cárcel.
Dividida en dos partes: «Las miradas
brillantes» y «Mientras las lágrimas caen», En La Habana nunca hace frío, resulta, a lo largo de sus XX capítulos, autobiográfica
y testimonial en buena medida, ya que la galardonada autora de La nada cotidiana,
Te di la vida entera, Lobas de mar, La eternidad del instante,
La Casa del Placer y otras, retrata la rebeldía de un grupo de jóvenes
que luchaban contra la censura y la paupérrima existencia a las que los tenía
sometidos el tirano, en la ya entonces decadente capital cubana de 1972 ―a solo
un año de celebrado el Primer Congreso de Educación y Cultura―, cuando el dictador
Castro, desde la traición del cobarde presidente Kennedy a los combatientes de
Playa Girón en 1961, corroborara su cobarde entrega al comunismo ruso en una de
sus kilométricas peroratas, que evidenciara su odio a la libre expresión, repitiendo
los lamentables procesos de regímenes despóticos, como el ruso, el rumano y el checo,
entre otros.
Vale el siguiente fragmento de su fascistoide
discurso, en el que, asimismo, mostraba sin tapujos, la férrea censura que
impusiera el maldito tirano a nuestra patria, ejemplificada en el conocido Caso
Padilla, cuando llevara a prisión, por su postura crítica, al relevante poeta
cubano Heberto Padilla, como a su esposa, la poeta y narradora Belkis Cuza Malé.
He aquí, una muestra, donde el canalla alude al relevante autor de su excelente
y ya clásico poemario Fuera de juego:
En los tiempos
contemporáneos, ¿se considera intelectual a quién? Hay un grupito
que ha monopolizado el título de intelectuales y de trabajadores
intelectuales. Los científicos, los profesores, los maestros, los
ingenieros, los técnicos, los investigadores no son intelectuales. Ustedes
no trabajan con la inteligencia. Según ese criterio los educadores
no son intelectuales.
Pero
también ha habido una cierta inhibición por parte de los verdaderos
intelectuales, que han dejado en manos de un grupito de hechiceros los
problemas de la cultura. Esos son como los hechiceros de las tribus
en las épocas primitivas, en que aquellos tenían tratos con Dios, con el Diablo
también, y además curaban, conocían las hierbas que curaban, las recetas, las
oraciones, las mímicas que curaban.
El odio del tirano se constata en los
citados fragmentos, tal otros, en los que revela su furia ante la carta que, firmada
por unos 60 destacados escritores y artistas internacionales, denunciara
el canallesco proceso, mundialmente conocido como el arriba mencionado.
Entre
muchos otros, figuraban los ya fallecidos Juan Rulfo, Margarite Duras y Jean
Paul Sartre, como el multipremiado Mario Vargas Llosa, quienes hasta ese
momento apoyaban el castrismo, con lo que el valioso gesto de los firmantes
mostró el primer y notable rechazo al desgobierno del tenebroso sátrapa.
DOS
Dedicada, entre otros, a la generación de
«la Jipada» o «la Jipangá»: jipies y frikis habaneros, como a los jóvenes que
por oír rock and roll en Cuba murieron en campos de concentración o en la
guerra de Angola, la narración, a lo largo de sus 151 páginas, corrobora su lúcido
realismo ―sin que tal rasgo disminuya su capacidad invencionera, de la que dan prueba Lobas de mar, La eternidad
del instante, La Casa del Placer y otras―,
uno de los elementos convincentes en La Habana nunca hace frío, pues
Zoé emplea el peculiar coloquialismo de la mayoría de la juventud
capitalina en la época, tal recuerda el cronista, quien constatara dicha
peculiar habla, pues, desde 1964 vivía en la que fuera, hasta 1959, la exitosa
ciudad que consagrara el Premio Cervantes Guillermo Cabrera Infante en varias
de sus exitosas novelas.
Asimismo, Eva, su alter ego,
vive (y narra en primera persona) no pocos de los episodios (sobre)vividos en
aquella Habana que ya padecía las locuras del tirano, quien, a diario,
despertaba con uno de sus cotidianos dislates, tal confirmara, en su magnífico ensayo
Perfil siquiátrico de Fidel Castro Ruz
(Miami, 1991), el abogado y ensayista
Julio Garcerán de Val (1907-1989), volumen que permitiría profundizar en la enajenada mente del ―según
lo define De Val― «paranoico, mitómano,
sicótico […], maquiavélico pistolero», cuya «psiquis delincuencial y
megalómana», no tuvo reparos en destruir la tierra en que naciera y destruyera
durante las décadas en que rigiera como absoluto amo.
Ya en el primer capítulo, Zoé da fe de su voluntad testimonial y autobiográfica,
cuando confiesa, en la primera página,
«ese fragmento de nuestras vidas, esa parte inhóspita de mi rebelde
adolescencia y de mi primera juventud, de toda una generación acallada», cuando
la entonces muchacha de apenas 13 años, andaba a trancos, redescubriendo «la
tenebrosa noche habanera, que otrora fuera la noche de Guillermo Cabrera
Infante, la luminosa de los cabareses (sic.) y los bares repletos de cubanos y turistas
llegados de todas partes divirtiéndose hasta el frenesí», en «aquella infernal
ciudad, en aquel deleznable suelo de aquella maldita isla».
Mas, aparecen en el auténtico trasfondo de
la novela, entre otros, personajes definitorios, Bada, Pilzy, Saúl, Charlie
Tellier, Mijito Frankestein, Fermín…, como Zoe recuerda asimismo su fraternal
«piquetón», aquella banda que no olvidará, pues con ella compartiría sus ritmos
y temas preferidos por censurados: Jorge Bruno el Conde, Armandito Larrinaga,
J. Leo Cartaya, Alexander, Pepino en la guitarra, Juanqui al bajo, Pachy,
Ricardo, Eddy (Edito), Mike, Chucho, Héctor, el Donald…
En ese tiempo, resaltan los sentires de Zoé,
quien, en el segundo capítulo, confiesa que rechazaba el paisaje, el mar la
agobiaba, «ah, esa maldita y empalagosa estipulación insular: mar, mar por
todos lados, mar y más mar como única ventana al mundo, como absoluto y
totalitario horizonte (…) desdeñaba el sonido ambiental ―más que sonido, ruidos
y gruñidos―, rechazaba los acentos atonales de las insípidas y sosas
conversaciones, hastiada de las continuas y repetidas exclamaciones falsas,
cual alaridos siniestros; pero lo que me agredía sobremanera era aquel idioma,
aquel mejunje insoportable entre lo indio, lo castizo y lo africano (…) Y el
olor, el olor totalitario. (…)»
Y la narradora vuelve a tocar la llaga del lector,
cuando recuerda su rebeldía contra el impositivo y horrible estudio del idioma
ruso, y, con su innata ironía, narra que
nos impusieron el ruso como
precaria opción contra el inglés y el francés, y hasta por radio debíamos tomar
clases que en nada remitían a Pushkin, pero sí a los discursos de líderes
soviéticos, debido a lo cual me di a la tarea de inventar otro lenguaje, con la
intención de entenderme exclusivamente con mi primo, para colmo renuente a
aprenderlo. No quedé satisfecha hasta que logré que (…) intercambiáramos ideas
y complicidades en lo que yo llamé el «zodrón» (mi idioma personal), una mezcla
de chitú chitá con la utilización peculiar y exclusiva de consonantes, sin
ninguna vocal y exento de verbos y adverbios.
Asimismo,
aborda otro tema que, por su absurda negación, crearía aún más atracción, sobre
todo entre los jóvenes: la prohibición del inglés, aparentemente odiado por el
asesino, quien solo en excepcionales ocasiones, permitiría que “su pueblo” lo
viera entrevistado por prestigiosos periodistas norteamericanos, como Barbara
Walters.
Cierto, en este, como en el
resto de sus 20 capítulos, Zoé da fe de los
graves sucesos permitidos por el tirano en aquella Cuba ya en rebeldía y represión,
melenas y cortes de pelo a la fuerza en La Rampa (protagonizados por una varonil
actriz hispana y comunista, quien quería revivir los duros años de la España
republicana), entre muchos otros ejemplos que evoca el cronista.
Al paso de la amena lectura,
Zoe entrega sus autores preferidos, que, con otros, irían conformando su
rebelde adolescencia y primera juventud, como igualmente cimentando su
libérrima voluntad creadora que descollara aun antes de su arribo al exilio.
De tal suerte, irán surgiendo, en
distintas páginas de la provechosa lectura, entre muchos otros volúmenes: La
Biblia, «un libro oculto y negado, como mismo negaban a los ángeles por toda
aquella infernal ciudad, en aquel deleznable suelo de aquella maldita isla»,
tales autores necesarios que comparte con quien escribe: Rilke, Cabrera
Infante, Flaubert, Villiers de l’Isle Adam, Lord Byron, Reinaldo Arenas,
Octavio Paz, Lezama Lima, Truman Capote…
En el «Epílogo» (Capitulo XIX),
confiesa:
Escapar fue difícil. Lo hice a través de un montón de páginas escritas,
en ocasiones emborronadas y luego rotas y vueltas a escribir. Seria largo de
contar, además ya lo hice en varias historias anteriores… Escapar fue como
penetrar en un cuadro en el que se ve representado un camino (…)
TRES Y FINAL
En La
Habana nunca hace frío, resulta, en suma, una
lectura que, por su ya mencionado realismo, como por sus logradas
caracterizaciones, toca muy hondo no solo a quienes padecimos aquel tiempo de
censuras, prisiones, difamaciones y asesinatos, en fin, sufrimos algunas de las
desgracias que han definido ―y aun definen― como Isla Cárcel a nuestra
siniestrada Cuba, sino igualmente les servirá a los lectores más jóvenes que no
sufrieron aquellos tiempos duros de nuestra patria y luchen porque no se repita
En fin,
espero que mi crónica entusiasme a los lectores a leer esta valiosa novela, que
se integra por derecho propio a la sólida narrativa de la laureada escritora
cubana.
EN LA HABANA NUNCA HACE FRIO
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